En numerosas plantas de la región, los líderes enfrentan hoy una tensión productiva: los cuestionamientos que traen los jóvenes sobre coherencia ambiental, procesos, materiales y cultura organizacional ya no pueden posponerse. Esa incomodidad inicial, lejos de representar un conflicto, se ha convertido en una oportunidad estratégica para revisar prácticas, abrir espacios de innovación y acelerar la transición hacia modelos más sostenibles. Es un nuevo motor cultural para el corrugado latinoamericano.
Algunas transformaciones no surgen de normativas ni de certificaciones, sino de la convicción de las personas. Así ocurre hoy en la industria del cartón corrugado. Las nuevas generaciones ingresan a las empresas con un sentido ambiental profundamente arraigado: la sostenibilidad no se discute, se integra.
Guillermo Dufranc, diseñador argentino con más de veinte años de experiencia en packaging sostenible y Project Manager en Tridimage, lo sintetiza con claridad: “La sostenibilidad ya no es un tema aspiracional, es parte de la formación básica que muchos jóvenes traen incorporada desde chicos”. Su trabajo con empresas de toda la región le permite observar un cambio silencioso pero decisivo a lo largo de la cadena de valor.
Para estos jóvenes, la responsabilidad ambiental no es un ideal futurista, sino un hábito cotidiano. Esa lógica obliga a las empresas a medir impactos, actualizar indicadores y cuestionar prácticas históricas.
La demanda de coherencia es una de las presiones más transformadoras dentro de las organizaciones. Los nuevos talentos preguntan por el origen de la materia prima, la gestión de residuos, el consumo energético y las decisiones detrás de cada etapa del proceso productivo. Dufranc describe esta actitud como un “espejo saludable” que revela incoherencias y estimula mejoras.
Gracias a esta sensibilidad generacional, muchas plantas han reforzado prácticas de eficiencia energética, optimizado la gestión de materiales y adoptado criterios más estrictos de compras responsables. Se trata de un cambio cultural que no llega por imposición, sino por convicción ética.
En distintos países de la región, los jóvenes han crecido participando en proyectos de reciclaje, educación ambiental y voluntariado. Esa experiencia comunitaria se traslada al ámbito laboral de manera natural, ampliando la mirada de las empresas.
Para Dufranc, esta capacidad de vinculación social es estratégica: “Muchas acciones de sustentabilidad no las podrá hacer la empresa sola. Cuando existen lazos con actores locales que recirculen materiales o faciliten la logística, el camino hacia la sostenibilidad se vuelve colaborativo”.
Los jóvenes se convierten así en puentes entre la industria y la comunidad, integrando prácticas de economía circular y responsabilidad ciudadana en el día a día operativo.
El sector corrugador ha estado históricamente organizado en estructuras jerárquicas donde la experiencia técnica marcaba el ritmo. Sin embargo, las nuevas generaciones proponen una lógica distinta: colaboración, apertura, aprendizaje continuo y naturalización del error como parte inherente del proceso creativo.
Para Dufranc, este cambio cultural es inminente. Las empresas necesitan equipos interdisciplinarios y entornos donde las ideas frescas no se perciban como una amenaza, sino como un impulso para mejorar.
La combinación de conciencia climática y dominio digital distingue a esta generación. Crecieron explorando plataformas, resolviendo dudas en red y aprendiendo desde la interacción. En una industria que avanza hacia sensores inteligentes, automatización, trazabilidad, modelado digital e inteligencia artificial aplicada al diseño, esta habilidad es decisiva.
Dufranc enfatiza que este conocimiento no debe quedar aislado en un solo grupo etario. Los líderes deben crear espacios donde todas las generaciones puedan aprender, compartir conocimientos y evolucionar juntas.
Los jóvenes no llegan únicamente a ocupar posiciones. Llegan a cuestionar inercias, revitalizar dinámicas y proponer nuevas formas de entender el empaque y su impacto. Su sensibilidad climática, su capacidad de conexión social y su dominio tecnológico los convierten en actores estratégicos para el futuro del sector.
Dufranc lo resume con precisión: esta generación es la llave hacia una industria más circular, eficiente y competitiva. Un proceso que ya está en marcha, impulsado por decisiones cotidianas y por empresas que se atreven a escuchar, adaptarse y evolucionar desde dentro.